LA HABANA SIN EMBARGO
de Teresa Delgado

Conozco el plano de La Habana por circunstancias profesionales que no vienen a cuento y le puedo explicar a cualquiera de memoria dónde está el teatro Bertolt Brecht, la heladería Coppelia, el cine Yara, cómo se baja por el Malecón a La Habana Vieja y cincuenta cosas más. Sin embargo nunca he estado allí. Sin embargo y con embargo.

El mes pasado me llamó mi padre para cerciorarse de que todavía seguía en Berlín y preguntarme si pensaba pasar todo el mes de septiembre en Cuba como les había contado Nuria, “ya sabes, tu compañera de colegio”. Me extrañó porque yo por esas fechas suelo estar en Cataluña, en Madrid, en Valencia o en Londres, ¿pero en Cuba? Mi madre me lo intentó explicar mejor: “ Es que dice que vas de profesora de un taller de cine y que su hijo mayor se ha empeñado en hacer allí unos cursos con la cámara que cuestan un dineral. Que la llames o que le mandes un mensajito y que ella no te podía localizar porque te cambiaron el número de teléfono. Pero, hija, yo lo que digo: ¿no tienes bastante con dos universidades, una revista, la literatura, que hasta en las vacaciones te tienes que buscar trabajo en Cuba? Y luego a ver si te pagan. Porque mira tu tío desde que volvió de La Habana el espectáculo que da todos los años en la fiesta del PCE”.

Apunté la dirección de correo electrónico del hijo de Nuria, no desmentí la posibilidad del viaje y tuve que jurarle a mi madre que no volvería a tener en la familia otra persona con complejo de Ché Guevara. Rober me explicó por fin de qué iba el asunto y cuánto costaba el dichoso curso de cine. Estos jóvenes de hoy en día no se andan con chiquitas.

“Hola Tere, el taller que quiero hacer cuesta 1.500 dólares. Es del 16 de septiembre al 18 de octubre. Me interesa el de cámara y las prácticas claro. ¿Conoces al profe? Vi que tú dabas uno sobre adaptación cinematográfica junto con un chileno y una argentina. Pero a mí lo de escribir guiones no me va, y menos adaptar novelas. En clase de literatura nos pusieron una vez La Regenta en vídeo y casi vomito.Yo pensaba ir de todas maneras con unos colegas que conocí en San Sebastián pero ando últimamente un poco mal de fondos y se me ocurrió que sería más fácil convencer a mamá si hablabas tú con ella. En Estados Unidos los cursos son mucho más caros. Y hay que aprovechar que ha subido el euro ¿no? Ahora o nunca. Además lo mismo el año que viene se quedan sólo con medio embargo yanqui y adiós muy buenas. Fidel está dando ya los últimos coletazos. Si consigues que Nuria suelte la pasta te dedico mi primer largo. Tampoco te creas que la arruinas. Últimamente ha comprado aparatos estéreo de aire acondicionado para las habitaciones. Cuando mi padre tiene calor por la noche los pone a todo trapo y entonces ya sí que no hay quien duerma. Convéncela anda. 1beso, Rober.”

Me intrigaba saber quién era la Teresa Delgado que ofrecía talleres de cine en Cuba, tal vez mi imagen en un espejo habanero. Tanto que mi familia y mis amigos habían dado por hecho que ese nombre mío en versión caribeña no podía corresponder a otra persona. Sin embargo, se les escapaba, porque no me conocen muy en detalle, que yo no elegiría el tema de la adaptación de obras literarias al cine para iniciar a los jóvenes a escribir guiones. Que en el cine lo primero es desarrollar la imaginación visual, que ya está bien de... Perdonen. No voy a empezar a discutir con mi doble antes de conocerla.

Busco en los archivos de la red, y encuentro que es licenciada en Filología, como yo, que es doctora, mientras que yo tiré la toalla y me quedé sin ese laurel, que escribe crítica literaria y de cine, como yo también hice o haré sólo a ratos, y que se la considera una de los más destacados críticos, teóricos y profesores cubanos. Que a mí no se me considera mucho ni poco, sea en España o en Alemania no hace falta que lo cuente. Sííí, publiqué esto y aquello, síí la universidad y tal y cual, pero no provoqué ningún escándalo digno de mención. No traicioné a nadie. No me casé con un torero ni con un aspirante a premio Nobel treinta años mayor que yo. Y no tuve relación con ningún imperio mediático. En resumen, que en mi país de origen no tengo méritos para destacar por nada. El nombre de Teresa Delgado ( y el mío) aparecen en la revista La Habana elegante, segunda Època, sección Ecos y murmullos. Qué delicadeza. Imagínense, me miro al espejo de nuevo: “La renombrada crítica Teresa Delgado acudió el pasado sábado al Hotel Adlon con motivo de la celebración del vigésimo aniversario de la revista Tranvía. Revue der Iberischen Halbinsel, según informa Berlín elegante.”

¿No les parece que sale un esperpento? Que La Habana tiene más credibilidad que Berlín en lo que repecta a la elegancia, eso se sobreentiende, con embargo y todo.

Lo primero que tenía que hacer era hablar con Nuria e inventar una mentira coherente. Rober había sido desde pequeño como mi tercer sobrino y, de vez en cuando, le echaba un cable. Llamé a su madre al día siguiente y le seguí la corriente. Sí, yo iba a estar en La Habana, sí, los cursos eran buenos y le darían un certificado, sí, quedaría a comer con él.

Tuve que explicarle a Rober la verdad, que había más Teresas Delgado y una no es tan única como algunos creen. Y, sin embargo, su madre, que no sabía nada de esto, iba a soltar la pasta. Rober me envió un mensaje llenito de alabanzas, guaus y guays, y de promesas. La primera es que estaría en contacto conmigo durante su estancia en Cuba. La segunda, que me iba a escribir un personaje en su primer largo, un personaje que se llamara Teresa Delgado y fuera tan de película como yo. Peliculera, corregí, mi madre siempre dijo que era una peliculera. Las mujeres de película no tienen dolores de espalda, ni trabajan como una bestia en proyectos que a veces ni les pagan.

Por último conseguí localizar a la Teresa Delgado habanera a través de los programas de intercambio de mi universidad. La historia le hizo gracia y me propuso, supongo que en broma, que otro año podía impartir yo sus talleres en Cuba y ella los míos en Berlín, por cambiar de aires. Tal vez no lo notara nadie. Además, ya que estábamos, quería preguntarme si le podía buscar alojamiento a su hijo para el próximo curso. Le habían concedido una beca para estudiar en la Escuela de Cine de Berlín. Y, ya ven, ahora ando negociando con unos veinteañeros el alquiler de la habitación para Roberto Vélez Delgado, del que, por cuestiones de nombre, todos van a pensar que es mi hijo. La Teresa Delgado cubana, por su parte, se comprometió a quedar un par de veces con Rober y a presentarle a un importante director de cine que es muy amigo suyo. Si han notado que los nombres de los chicos coinciden en parte, no me lo reprochen.

Ah, y que no se me olvide, cualquier semejanza de los personajes y acciones que aparecen en este relato con personas o acontecimientos reales es pura coincidencia. Y nunca mejor dicho.

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