MITROPA: Un alto en el camino.

1 de noviembre 2007

Viajar por Alemania siempre ha entrañado ciertas dificultades para los que no tienen coche propio. Me lo ha recordado esta semana María, que llamaba desde Buenos Aires para saber si los 390 dólares que le pedían por reservar los billetes de tren para ir a Munich y a Bremen no eran un robo, un engaño. Por qué sale tan caro el tren, sí ,es cierto, y además en caso de que no tengas suerte habrá huelga y no llegarás a tus recitales con puntualidad alemana. De todas maneras, los obstáculos de ahora para viajar no tienen parangón con los de antes, aunque muchos berlineses recordemos ese “antes” con una cierta nostalgia.

Berlín Oeste, que era una isla urbana rodeada de muro por todas partes menos por los pasos fronterizos, se comunicaba con la Alemania Occidental a través de una autovía de tránsito por la RDA. Tenía un trazado bastante recto, desde el que no se veían ciudades, sólo algunas granjas, casitas, las gasolineras y las tiendas MITROPA. Digo autovía porque si la llamara autopista se imaginarían ustedes algo más moderno, más rápido. Precisamente la velocidad no era muy aconsejable porque Alemania del Este necesitaba divisas y tenía suficientes policías poniéndole multas a los turismos occidentales. Además, había muchas normas, pero en una de ellas no había reparado hasta que acabó por afectarme: los ocupantes que entraban en un vehículo en la RDA tenían que salir de él en el mismo vehículo. Ninguno podía quedarse por el camino sin avisar, no se permitían excursiones espontáneas, retrasos, etc.

Cansada de las típicas y tópicas conversaciones en coches compartidos, decidí una vez volver de Munich en autocar con una compañía nueva que resultaba asequible. Tenía que trabajar al día siguiente y pensé que así aguantaría mejor las ocho horas de trayecto.

Avanzábamos despacito por el paisaje invernal, contemplando llanuras y llanuras y más llanuras ( no hay montañas) cubiertas por una fina capa de nieve. Entrada la noche, el conductor nos avisó de que tenía un problema con las luces y pararía en la próxima tienda Mitropa, donde podríamos tomar algo caliente mientras se solucionaba el problema.

Una vez allí, comprobó que la avería no se podía arreglar de inmediato, habló con dos policías y estos le informaron de que ni él ni los viajeros tenían permiso para moverse de la tienda Mitropa hasta que la compañía enviara otro vehículo en el que deberían salir juntos todos los que habían entrado en la RDA en el primer autocar. No era posible que alguno consiguiera una plaza en el coche de otro berlinés en la gasolinera, no se podía buscar habitación, ni un sofá donde echar una cabezadita, ni acercarse al próximo pueblo.

Los clientes habituales se fueron retirando y, realmente, a la tienda Mitropa le hubiera llegado la hora de cerrar si no hubiera sido por los 36 berlineses que no tenían permiso para salir del lugar. La policía consiguió que se ampliara la hora de apertura hasta nueva orden y empezamos a acomodarnos como pudimos, mientras las dependientas, cansadas también por una larga jornada, intentaban mantener la situación bajo control.

Primero intentamos mover las mesas, pero estaban fijas. Y entonces surgieron varias teorías sobre la inmovilidad que ya no recuerdo. Con el tiempo he llegado a creer que esas mesas inseparables del suelo debían responder a un cierto tipo de mentalidad, porque me encontré con el mismo fenómeno en algunas aulas cuando empecé a trabajar en la universidad. La última experiencia con bancos inamovibles es de hace dos semanas.

Después pedimos más sillas, o la posibilidad de trasladar algunas para formar grupos. Las dependientas nos advirtieron de que ellas sólo tenían el deber de quedarse allí hasta que nos marcháramos y que no podían permitirnos que intentáramos cambiar por nuestra cuenta la estructura del local. Decepcionados, nos resignamos a sentarnos en grupos de cuatro y, como no había asientos para todos, empezamos a hacer turnos.

Pero ¿qué podíamos ofrecerle a los que permanecían de pie? Pedimos cafés y convertimos los terrones de azúcar en dados marcándoles puntitos con bolígrafos o con palillos. Otra variante era transformarlos en fichas de dominó. En poco tiempo, las dependientas no daban crédito a lo que estaban viendo: los berlineses habían manoseado todos los terrones de azúcar y los tiraban por las mesas para entretenerse. Los que no tenían silla eran prácticamente los más peligrosos: descubrían otras herramientas de juego y las acercaban a las mesas. Nos volvieron a llamar la atención. Sin embargo, esta vez entendieron que era lo más pacífico y ordenado a lo que estábamos dispuestos. Dejar que algunos se pusieran a beber aguardiente para matar el frío, a falta de otro tipo de actividad, podía causarles más problemas.

Los policías entraban de vez en cuando, preguntaban si estábamos bien y se paraban en alguna mesa para contemplar el juego. La verdad es que tengo buen recuerdo de los policías de la RDA, una imagen a la que seguramente contribuye que, como no vivía allí, nunca me detuvieron.

Entre azucarillos, cafés, chistes y teorías pasamos las horas hasta que llegó el nuevo autocar poco antes del amanecer. Nos despedimos de las dependientas de la tienda Mitropa y de las fuerzas del orden con un cierto complejo de Estocolmo. Nos contaron, éramos 36 y el conductor, todos enseñamos los pasaportes, nos miraron, como siempre, a los ojos para verificar que éramos quienes teníamos que ser, y en la fría madrugada de enero continuamos el viaje a Berlín Occidental.

He podido comprobar que mis compañeros de viaje del sur de Alemania siguen esperando a llegar a la primera gasolinera con cafetería y restaurante de lo que era antes Alemania Occidental, la famosa Frankenwald, un lugar donde necesitas un ticket hasta para entrar en el servicio. La imagen de ese paisaje de la RDA como un territorio ajeno no ha desaparecido aún de las mentes de muchos. A mí, sin embargo, me gustaba más un restaurante tradicional, en una casita antigua en el tramo de la carretera de la provincia de Turingia. Una señora que hablaba dialecto preparaba sopa de patatas y sojanka. Son aromas, son sabores del pasado. Esa mujer de pueblo no ha podido resistir la competencia de los nuevos restaurantes de comida rápida de la nueva autopista. La velocidad arrambló con las tradiciones. Cuando “transito” por el cordón umbilical que unía (y une) Berlín con la antigua R.F.A., van pasando por la pantalla de mi memoria muchos de esos lugares que ya no existen.

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