EL CAPOTE ROJO

Llegó la hora de la verdad. Recapitulamos.
Y discutimos hasta medianoche sobre el enfoque y las conclusiones. Las dos estábamos en desacuerdo con lo que pregonaban la mayoría de los periódicos. Veíamos demasiados problemas en una reunificación inmediata. Pero no éramos expertas en política internacional, a nuestra edad.
Y estaba claro que no había todavía alquimia que transformara el socialismo en capitalismo sin llevarse muchas vidas por delante. Marta estaba agotada y se durmió.

En aquellos días no disponía de Internet para revisar los recovecos de la prensa internacional, ni móvil, ni contactos aquí y allá. Me había quedado sola, completamente sola mientras los demás dormían, con la responsabilidad de informar y dar un juicio sobre un acontecimiento histórico como la copa de un pino. Ni más ni menos que la caída del Muro. Se estaban moviendo los mapas. Y ese muro se caía a pedacitos en mi ciudad, al lado de mi casa. Los medios tendrían noticias y los políticos gloria. ¿Pero qué nos dejaban a los berlineses?

¿Y a los nacidos en otros países que no podíamos regocijarnos en la recuperación de la identidad alemana? ¿A quién le importaba que Berlín también fuera ciudad turca?

Las horas pasaban y yo anotaba palabras, frases, esto entra, esto no, lo que nos explicó uno de los últimos refugiados, la anciana, cada uno con su nombre, su lugar. Mirando el capote rojo, mi ironía histórica, se me ocurrió un título que entonces me pareció precioso y, por supuesto, ya he olvidado. Me atreví a expresar lo que en aquel momento era impublicable, que había que darle tiempo al tiempo, el Muro podía tardar en caer y tanta precipitación amenazaba con dar lugar a más de una salvajada, todo esto en pocas líneas, y con esas metáforas que me costaron múltiples discusiones en mis años jóvenes. Muy sugerente para no haber pegado ojo y sabiendo que tendría que marcharme al trabajo otra vez sin desayunar.

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