FIN DE FUGA

MÁS ALLÁ DEL TAJO

Acomodados en la placenta de la madre tierra madre originaria madre universo, se habían dejado crecer hasta las canas y las arrugas en la frente. Son las mismas mujeres, los mismos hombres de mi infancia que nunca sufrieron inundaciones en el cauce de sus días. Los niños saltan la valla del colegio con carteras llenas de abstrusos mensajes. Y quién les haría dudar de que los ríos desembocan, qué les importa a ellos si Lisboa se ha perdido como ciudad inventada, donde el Tajo y la mar, las aguas y las aguas, han abandonado su incansable copulación de vehemente impudicia.

Más acá del exilio encuentras a un antiguo compañero de infortunios junto a la puerta de la Universidad de Salamanca.

- Así que no te dieron la cátedra.

- Ya sabes los tejemanejes que se traen. Aquí la escolástica sigue teniendo sus adeptos. Aún nos quedan un par de añitos hasta que las viejas glorias pasen a mejor vida. Eso si podemos conservar algunas de las cosas que hemos cambiado...

- Pero la revista os la subvencionan.

- Ése es otro cantar. A los que no cabemos en el Olimpo nos pagan una agradable estancia en el purgatorio, y allá te pudras en la sala de espera. Las revistas las leen cuatro gatos. Siempre es algo, pero vamos... Y tú ¿qué andas tramando en Alemania?

Querías decirle que habías vuelto, que habías estado fraguándote la posibilidad de este regreso, y que llevabas otra vez el pelo teñido para reconocerte en los escaparates de las tiendas.

- Estoy rodando unos documentales de difusión cultural para el ministerio. Luego doblamos al francés, al inglés y al alemán, y les mostramos por dónde pueden seguir colonizando.

- Desde luego no has cambiado. Eres capaz de hacer unas tomas del festejo de las rameras y olvidarte de fray Luis de León.

- No, hombre, no. Los años no pasan en balde.

- ¿Y ese fotógrafo que traes contigo?

No ibas a apoyar el corazón en el muro de las lamentaciones porque ya no hubiera manera de abandonarse a la incertidumbre. Una noche tenías que acordarte de llamar a la nena y a la siguiente a Gerard. Había que prometer que acabarías el trabajo lo antes posible y que, por lo demás, preparabas un nuevo artículo, pero no te emborrachabas, de ninguna manera, aunque al ver las botellas de coñac se te te salieran los ojos de las órbitas. Y habías aplazado con cada cumpleaños de tu hija ese proyecto soñado, sólo alguna vez soñado, de emigrar en los inviernos a una casita de paredes blancas frente al Atlántico.

Se había agotado el tiempo del regreso, te lo advirtieron y, entre parir criaturas de papel y criaturas de carne y hueso, habías descubierto una extraña diferencia: La nena y Gerard no se podían traducir al castellano.


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