FIN DE FUGA

MEMORIA DE UNA PIEDRA

Y el fin de semana en Madrid, Madrid, Madrid, la ciudad más nombrada, escrita, borrada, devorada por tus ojos de 1910 que se atragantaban de viejas, vendedoras de barquillos, palomas, violeteras de 1920, agentes de seguros, viajantes, empresarios, oficinistas, bohemios, gorrones de café de artistas, sindicalistas y cerilleras que en 1936, 37, 38 cayeron en la Moncloa, donde después la Universidad, y los megáfonos de la policía 1965, nos moverán, nos arrastrarán, y en 1980 París, Princeton, Berlín, Madrid, proyectando el futuro en un bosque con las raíces quemadas.

En los andenes del adiós, emprendías un viaje por aire, mar y tierra hacia un sinmundo de continentes inacabados. Un itinerario de hogares disueltos donde nunca se llegaron a celebrar rituales familiares. Y Madrid, cuando tartamudea la memoria, era un nombre que se te atomizaba en la lengua. A quién se le ocurriría poblarlo de consonantes. Pero se escribía así, compacto y adoquinado. Tuviste que comprobarlo al pie de un libro. No hubiera sido necesario, en el pasaporte también, en la partida de nacimiento. Madrid, habitada tú y nadie más que tú por el olvido, memoria de una ciudad sepultada entre insomnios.

El operador te deja en la puerta de los estudios y le entregas el material a la secretaria del productor.

- Usted es... Sí claro, cómo no la había conocido. El señor López Conde me ha encargado que le dé esta nota. Mañana tiene que participar en un coloquio en La 2.

- ¿Quién, el señor López ?

- Usted, por supuesto.

- ¿Y si no me presento?

- Pues usted sabrá, pero ya lo hemos anunciado en los periódicos.

Lo que faltaba. Vendida a la curiosidad y al buitrerío público como digno producto de un país en el que hasta los ministros le sacan partido a sus romances. No, cielo, no voy a desnudar aquí desarraigos cosmopolitas. Mis primeros artículos se publicaron en Francia, las dos novelas y los ensayos en Alemania, y hasta conseguí trabajar durante seis meses en una universidad norteamericana, aunque después me anularan un segundo contrato sin molestarse en darme ningún tipo de explicaciones. Cuando una editorial española se interesó por comprar los derechos de mi segundo libro, recibí una serie de pruebas de traducción que me pusieron la carne de gallina.

Señor director, le ruego se evite la molestia de lanzarme al mercado como nuevo descubrimiento de la literatura francogermana. Soy de origen hispano, aunque haya perdido la nacionalidad y el apellido por una serie de percances con las autoridades que preferiría mencionar en lugar más oportuno. Los textos que ustedes pretenden trasplantar al castellano vieron por primera vez la luz en una de las lenguas de mis antepasados (adivine cuál), precisamente en el año en que se le concedió el premio ibérico más cotizado a un detective que no le llegaba a Dashiell Hammett ni a la suela de los zapatos. Vieron la luz de mi apartamento, para qué más y , con ayuda de unos pacientes amigos, conseguí acabar de reescribirlos en alemán dos años más tarde. Señor director, después de dos décadas y media de exilio, queridísimo señor director, ya sólo me quedaba una última posibilidad para conseguir arrancar de cuajo ese cordón umbilical que siempre guardo enroscado en la maleta: que me vendieran y me empapelaran como extranjera en España.

Por qué no Madrid, donde no quisiste ser y no serás nunca. Madrid en cueros muertos, en cueros vivos. Aquí, ahora. Madrid. Maldita sea, Madrid.


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